El amor se enamora y las lágrimas caen.

Los ríos arrojan el agua de forma estrepitosa, y el mar se mantiene calmo. La música no emite sonido, y ahora el aire se puede ver. Cuando menos lo esperas, el mundo cambia, y si no cambiamos con él, nos hunde. Justo como el mar solía hacer. Los peces ya no comen, las llenas se volvieron veganas. Los libros ya no contiene palabras, las hojas son más blancas que nunca. Cuando un corazón vuelve a enamorarse, siente que nada es nuevo, solo esa familiar sensación que tanto ama. Las lágrimas caen sin darse cuenta, parece que todo está perdido, pero ¿no está?

¿Por qué no aventarnos si tenemos alas?

Las rosas crecen como quien canta al arcoiris y ríe sin cesar para poder llorar después. Si los girasoles soñaran, yo habría sido la persona más feliz del mundo, como un niño que come helado por primera vez. Las discos se llenan de melodías que nadie puede distinguir, oídos más sordos que el viento. Yo quería hacer todo lo que me proponía, sin embargo nunca pude, como un lisiado que quiere correr 10 kilometros, con muchas ganas de hacerlo, pero no puede, debido a que los medios son difíciles. Vivimos miedos que nos dejan sin tacto, escuchamos, olemos, respiramos; no tenemos vida. Soñamos; nos quedamos sentados, temerosos a fracasar. ¿Por qué no aventarnos si tenemos alas?

Los tímidos girasoles 🌻.

La tristeza nos ciega como un eclipse, y es esa luna, o incluso ese sol con su brillo total que no nos deja ver con claridad, porque aunque haya algo hermoso de por medio, siempre está ese obstáculo que nos opaca todo. Pero en algún momento, el eclipse acaba y puede que quede oscuro, pero la luna no deja de brillar e ilumina todo eso que ni la luz más grande puede hacer, esa luz que hace especial a cualquiera. La luna baila y baila, y los girasoles lo contemplan, escondiéndose por ser tan tímidos. Sin embargo aman más al sol, y crecen y crecen con él. Siempre tenemos a alguien, tenemos la luna y el sol; nunca estamos solos.