Supe que te extrañaba…

El perfume que te regalé siempre impregnaba las mañanas, que se mezclaban con el olor del café recién hecho.

Me refugié en los museos de arte. Vi cómo las pinturas lloraban y me hablaban para consolarme. Le di las gracias, pues el saber que se preocupaban de mí me subió el ánimo.

Tomé una nieve de chocolate con caramelo, supo a la cosa más maravillosa del mundo; me sentí con vida.

Los algodones de azúcar entonces no supieron como siempre, tú eras quien los escogía y siempre resultaban ser más dulces que los que yo elegía.

Entonces supe que te extrañaba.

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